Durante la pandemia las defensoras han vivido, además de los riesgos asociados a la violencia
sociopolítica de género, la agudización de la violencia y nuevos escenarios de riesgo que han
obstaculizado su derecho a defender derechos humanos. Así mismo, han experimentado una
multiplicación del trabajo que realizan, en tanto han continuado con sus labores de liderazgo y
defensa de derechos, a la vez que se ha incrementado el trabajo de cuidado y doméstico no
remunerado, y han intervenido como actoras fundamentales para la recepción y distribución de
ayuda humanitaria, actuando como facilitadoras y recolectoras de apoyos para las familias en
mayor situación de vulnerabilidad en el contexto de la emergencia sanitaria. Así como el personal
de salud compuesto en un 70% por mujeres ha sido la primera línea de mitigación del virus, las
defensoras de derechos humanos han constituido la primera línea en atención a la población
afectada en el marco de la pandemia, en particular a las mujeres y niñas, en un contexto de
agudización de las violencias en su contra3
. Esta triple jornada de trabajo supone un mayor riesgo
para su integridad, no solo por la posibilidad de contagio de Covid-19 en su ejercicio de gestión de
bienes básicos a las comunidades que defienden, sino también por los obstáculos que las mismas
medidas de aislamiento han supuesto para el ejercicio de su liderazgo.